martes, 15 de julio de 2014

Ruego información...bien la voy a pagar...(Tu bibliotecaria amiga)

Pensando en una fundamentación del para qué llevar a los niños a ver los libros, a escuchar historias en una Feria Infantil y contactar con otros a quienes también les gustan los libros... vino a mi este motivo: Los cuentos, las palabras y su magia nunca podrán morir, siempre estarán como compañeros de viaje de la humanidad, dándole alegrías, haciéndolo estremecer, llorar, pensar, aprender, e incluso alimentando sus ganas de vivir. Alguna vez me llegó esta historia, que hoy recuerdo nebulosamente, no se quién me la contó, dónde la escuché, o si la leí, el hecho es que sé que es una historia real como la vida. Permítame contársela . Aquí reconstruyo mi versión a partir de los pedacitos que aún guardo en la memoria. (Si alguien que lea esto sabe el origen de esta historia, ruego me de la fuente). En un sórdido campo de concentración de una de las miles de guerras en que nos hemos visto embarcados los seres humanos, la gente moría como moscas, enfermos, desnutridos y tristes, en cada galpón alguien amanecía muerto, a veces por puñados, los demás, los vivos, se limitaban a sacar el cadáver para evitar que la putrefacción no les permitiera dormir la noche siguiente. Como zombis se enfilaban con el finado hasta las pilas de muertos que cada día crecían para luego, antes de caer la tarde, terminar reducidas a cenizas, que el viento esparciría por la tierra, para abonarla y paradójicamente, llenarla de vida. En este oscuro lugar ocurría algo especial, que muchos no notaban, en uno de los galpones nadie amanecía muerto (a nadie le importaba saber quién moría o no, sólo sería cuestión de tiempo), al contrario, los hombres se levantaban por la mañana con la frente despejada, aunque mugrienta, y ejercían los trabajos forzados con una estoicidad inusitada, lo hacían porque sabían que por la tarde, después de la dura jornada de esclavitud con la que los mataban lentamente, estaría ella, una tierna viejecita que por cuestiones de la suerte, del destino y porque no tenían dónde más meterla, había sido recluida con ellos. Todas las noches cuando los hombres, sudorosos y cansados, llegaban al galpón, la viejecita demacrada, los recibía con una sonrisa, todos se acomodaban y buscaban el mejor lugar cerca de la anciana y ella, en medio de un silencio de respeto, les contaba cuentos, cuentos de la libertad, de los verdes campos de su infancia, de las hadas de los bosques, del amor del fiero guerrero por la bella princesa, del prisionero que por fin un día encuentra su libertad. Como una Sherezade de cabellos de nieve, pasó tal vez mil y una noches regalando sus historias, hasta que un día la guerra acabó. De aquel poluto galpón no murió un solo hombre. La noche en que se supo el final del horror, los hombres, antes de salir corriendo en busca de su destino, pidieron con lágrimas en los ojos el último cuento, ella lo contó y habló de nuevo de la vida, del amor y, por primera vez, habló de la muerte. Todos aplaudieron a rabiar como nunca lo habían podido hacer por temor a ser descubiertos por sus carceleros, se les pusieron las manos rojas de tanto juntar las palmas. Durmieron su última noche en aquella barraca, pero, por la mañana, cuando se levantaron para emprender el viaje, la encontraron fría en su rincón, con la cara llena de la paz que da la misión cumplida, ahora eran libres, dueños de su destino, ella había vivido por ellos, ya todo estaba hecho. Los hombres improvisaron una pequeña tumba, ataviada de flores y luego se despidieron silenciosamente para escribir cada uno y día a día su propio cuento, el de su nueva vida.

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